Hace un par de días que terminé una novela en la que, entre sus personajes, estaba
Hugo Capeto, iniciador de una dinastía, los
Capetos, que reinaría en Francia durante cuatro siglos y de la que son descendientes otras casas posteriores como Valois, Orléans y Borbón. Casi ná...
Hugo nació en 940, hijo de
Hugo el Grande, duque de Francia de la
Casa Robertina, destacado noble entre los francos, que aunó gran poder, especialmente por su ayuda a los carolingios en la defensa de París contra los normandos.
El sobrenombre de Capeto le viene porque
solía usar una capa distintiva de abad.
Hugo Capeto sucedió a su padre en
960 al frente del ducado de Île de France y también como conde de Orléans y abad laico de Saint-Martin de Tours, de Marmoutier, de Saint-Germain-des-Prés y de Saint-Denis. Con el tiempo se convirtió en uno de los nobles más poderosos de Francia -también estaba el conde de Tolosa, el duque de Champagne o el duque de Normandía-, gracias a las
alianzas con otros señores francos y con la Iglesia, en un momento en el que el feudalismo irrumpía con fuerza y en el que el título de rey no era más que un adorno para alguien que, más bien, ejercía como árbitro de las numerosas disputas entre los señores galos que como rey de facto.
El último monarca carolingio,
Luis V, no llegó a ocupar el trono un año (986-987), pues murió días después de sufrir un accidente en una montería cuando contaba veinte primaveras y no dejó descendencia. Hugo Capeto no perdió el tiempo y buscó los apoyos necesarios para provocar un cambio de dinastía y auparse en su lugar. Lo logró gracias al respaldo de la alta nobleza francesa, cuyos señores votaron a su favor en mayoría entre los muros de su
castillo de Senlis, y por la protección del arzobispo de Reims,
Adalberón, quien se negó a coronar a
Carlos de Lorena, de sangre carolingia, pero vasallo del emperador germano
Otón III (por lo que jamás sería considerado rey legítimo).
Hugo Capeto se convirtió en
rey de Francia en la catedral de Noyon el 3 de julio de
987. Por supuesto, Carlos de Lorena no aceptó la afrenta y se convirtió en su peor enemigo. Desde su castillo de Senlis trató de manejar los problemas derivados de su enemistad con el carolingio y el emperador, así como de la difícil situación en su reino, acosado sin cesar por las luchas internas de la nobleza.
(Coronación de Hugo Capeto)Pese a todo, Hugo Capeto supo dar un golpe de mano para la época: tomó como propia la costumbre de Carlomagno de
designar a sus herederos en vida. La sucesión a la corona francesa se convertía en hereditaria. Pocos meses después de su coronación, hizo que el arzobispo de Reims hiciera lo propio con su hijo Roberto, de dieciséis años, futuro
Roberto II el Piadoso. De este modo, los nobles juraron fidelidad al príncipe y ello contribuiría a que la sucesión fuera pacífica y no diera pie a una guerra civil. Los Capetos continuaron esta costumbre de coronar al heredero en vida del padre en los siglos posteriores.
Hugo Capeto también instauró otra ley bastante provechosa: el feudo de un señor que muriera sin descendencia pasaría a pertenecer a la Corona, con lo que ésta acrecentaba su poderío sin derramar una sola gota de sangre.
Su alianza con la Iglesia, en tiempos tan revueltos, fue todo un acierto. Y en su ten con ten, los obipos de Francia lograron en 990 que el rey apoyara la llamada
Tregua de Dios, según la cual las propiedades eclesiásticas se considerarían territorio neutral que no podía ser atacado en las continuas guerras entre señores feudales. Así mismo, los eclesiásticos debían ser respetados. Ya sabemos que esto no se respetó siempre, pero fue una primera declaración de intenciones.
(La Francia de Hugo Capeto) Carlos de Lorena reunió un ejército y tomó las ciudades de Laon y Reims (991), en la frontera de los territorios de Hugo Capeto. Sin embargo, el rey persuadió al arzobispo de Laon para que organizase una conspiración contra Carlos. El pretendiente al trono fue cogido en su lecho y entregado a Hugo. Fue encarcelado y murió un año después, en 992. Así terminó el último carolingio.
No obstante, muerto su enemigo no acabaron sus problemas, pues en 993 tuvo que vérselas con otra intriga: una
conjura del antes citado obispo de Laon y Odón I, conde de Blois, para destronarle. Al final, fueron descubiertos y encarcelados, aunque tuvo que ponerlos en libertad por desaveniencias con la Iglesia.
Su gran aliado militar fue Ricardo I Sin Miedo, duque de Normandía. En 968 había casado con
Adelaida de Aquitania, con la que tuvo
cuatro hijos: Gisela (970-1000), Edwige (969-1013), Roberto (972-1031), coronado rey de Francia el 25 de diciembre de 987, y Adelaida (973-1068).
Hugo Capeto sólo reinó nueve años, pero le dio tiempo a dejar unas cuantas cosas bien atadas y su descendencia llega hasta nuestros días. Murió en Les Juifs, Chartres, el 24 de octubre de 996.